Quieren quitarme a Cuba

Con los años bosquejé mil formas particulares de poseer a Cuba: a través de la casa paterna, la escuela de techos semicirculares donde hice mis primeros grados, las calles de mi Mantua, o la biblioteca pública donde aprendí casi todo lo que sé.

Nací en 1971 y desde que tuve consciencia de mis actos y mi entorno di por hecho que esta isla del Caribe en la que vivo, me pertenece.

Mi existencia ha transcurrido bajo los efectos del bloqueo norteamericano, el mismo que descendió con fuerza redoblada sobre mi generación en los difíciles años 90, cuando la patria se quedó sola y decidió seguir el camino recto, en vez del atajo por donde se precipitó medio mundo.

Fueron tiempos de ilusiones perdidas, hazañas morales y heridas imborrables de los que emergí con un orgullo por Cuba que hasta hoy no se me quita.

Oportunistas y ladrones me quieren arrebatar mi isla. Se amparan en algo sórdido conocido por, Título III de la Helms Burton, y es parte del engendro que convirtió el bloqueo en ley.

Siempre estuvo ahí, tácita, negada por el sentido común de los que antecedieron al rubio de rostro porcino alojado en la Casa Blanca.

La certeza

Ayer despertamos con la certeza de su aplicación, a contrapelo del mundo.

Unos, que ni siquiera nacieron aquí, reclaman ser dueños de los puertos, las playas y las tierras donde los cubanos hemos construido una esperanza a expensas de enormes sacrificios.

“No más cruceros: el muelle donde atracan era de mi tátara, tátara, tatarabuelo”.

“No más bañitos en agüita ni solecito en arena blanquita: la playa era de mi tátara, tátara tatarapariente”.

“Fuera los hotelitos de la tierrita donde mí ya-no-recuerdo-quién pastaba caballitos y vaquitas”.

“Salgan rapidito de my caña; así lo dice un pergamino arrugado que my father olvidó en el garage, fifty years ago”.

“Salgan rapidito de my caña; así lo dice un pergamino arrugado que my father olvidó en el garage, fifty years ago”.

Los “dueños” de Cuba

Eran los amos de Cuba, nada quedaba para los descendientes de indios y mambises.

Eran los homicidas de la esperanza en una tierra rebelde que se sacudió el coloniaje y la bota yanqui; y pese a la infamia desmedida, tuvo la hidalguía de indemnizar a los “dueños” de propiedades que pasaron a las manos del pueblo.

Solo quedaron pendientes las de los que se negaron a reconocernos soberanos, las de los que ataron su suerte a las huestes mercenarias que les devolvimos, maltrechas, derrotadas, a cambio de compotas, tractores e incubadoras.

¿Han pensado cuántas veces el sudor, las lágrimas y la sangre del pueblo cubano pagaron el precio de los bienes y tierras adquiridos por nacionales favorecidos y conquistadores norteamericanos, estos últimos en una isla en la que no se les había perdido nada, salvo la vergüenza?

Escuchar la noticia provoca un sentimiento de zozobra, que da paso a la incredulidad y culmina en furia sorda que atenaza el pecho.

 ¡Quieren quitarnos lo que es nuestro, carajo!  Las escuelas, los hospitales, las fábricas… las casas!- dicen los guajiros, los obreros, los intelectuales…

En todos estos años aprendí que al enemigo no se le hacen concesiones, ni se le da cuartel; al enemigo se le trata como lo que es: asesino, terrorista, desnaturalizado.

Por eso y por la poderosa razón de no dejarme arrebatar mi pueblito, mi libertad, la identidad que tanto valoro y las montañas donde nací, no dejo enfriar el arma de ideas con la que a diario combato, y si llegara el momento en el que triunfara la sinrazón y la barbarie, en ese instante la culata del fusil estará acariciando mi mejilla.

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