Admiro la nobleza del ave; digo el halcón y pienso en la suavidad del ala, el vuelo de altura y la aguda mirada: prodigio de la naturaleza, término de selección y lucha por la subsistencia.
Entre los hombres también hay halcones- y no es lo mismo- porque la afilada garra es la única heredad de quienes apelan a la conflagración y a la rapiña para intentar salvar el maltrecho capitalismo.
Entre ellos: John Robert Bolton, mal- nacido en Baltimore en 1948.
John es un nacionalista conservador comprometido con el unipolarismo estadounidense.
El científico político, Carl Ford le describe- y yo le creo- como adulador de sus superiores y abusivo con sus subordinados; y el mundo lo califica de neonazi.
Bolton fue el número tres del Departamento de Estado en la administración de George W. Bush.
A la sazón tenía 53 años el rapaz y, bajo las alas de Dick Cheney, llegó a afirmar que, las Naciones Unidas no existían: “Solo una comunidad internacional que solo puede ser liderada por el poder real de… los Estados Unidos”.
Ya en 2002 el “durañón” J.B. intentaba meter las narices en Cuba, a partir de “informaciones” sobre la supuesta producción de armas químicas en la isla.
Tal falacia no fue tomada en serio ni por la Casa Blanca, ni por los militares estadounidenses que hicieron mutis ante semejante barrabasada… aunque no, un año después la idea “boltoniana” encontró eco para pretextar la guerra de Iraq (2003- 2011) por lo de las “armas de destrucción masiva” – que nunca aparecieron- en manos de Saddan. Lo ocurrido después es de conocimiento público.
Halcón
Pero volvamos a John Robert. ¿Qué hacía el halconcillo antes de tomársela en grande con Venezuela, Cuba y Nicaragua?
De agosto del 2005 a diciembre del 2006, Grandpa Johnny se desempeñó como representante permanente de Estados Unidos ante la ONU- la misma que para él no existía.
El 9 de abril de 2018 cuando ya se le había acabado su tiempo en las Naciones Unidas, la suerte le sonrió: otro sociópata, muy a su estilo, lo nombró Consejero de Seguridad Nacional.
Quince años después de la descomunal metida de pata con lo de las improbadas armas químicas en Cuba, Johnny montó en el carromato, esta vez para “combatir” al nuevo “Eje del mal” de D. Trump (cada presidente gringo se ha fabricado uno).
Desde entonces llueven los discursos infaustos de este abuelo de cabeza grande, ojillos porcinos, mentón fruncido y bigote en brocha: “Nos enfrentamos de nuevo en este hemisferio- dijo- a las destructivas fuerzas de la opresión, el socialismo y el totalitarismo.
En Cuba, Venezuela y Nicaragua vemos el peligro de ideologías venenosas sin control”.
¿Se imaginan lo que tiene el vejete en la despensa?
Su retórica
La retórica de Bolton se tornó mucho más vomitiva con el speech del pasado 17 de abril ante los derrotados de la brigada 2506.
En la sede de los defenestrados Johnsy les prometió lograr con medidas punitivas lo que ellos no fueron capaces de hacer 58 años atrás.
¿Cuánto más se le ocurrirá a J. Bolton y a su jefe? Es difícil predecirlo. Lo más juicioso sería amarrar bien el techo y subir el ganado a suelo alto- como diría mi amigo Ezequiel- porque de tales borrascas solo han de esperarse la destrucción y la muerte.
Hasta aquí la semblanza del abuelo John, un señor de la tercera edad para quien la vida, lejos de ser una enseñanza, ha constituido suma de excesivos desatinos y desconocimiento absoluto de la naturaleza humana, capaz de soportar las mayores presiones y realizar los mayores imposibles en nombre de la libertad, el bien más preciado.
Más temprano que tarde esta parte de las Américas estará enfrascada en subsanar las heridas materiales y espirituales creadas con el concurso de Bolton, nazi rabioso quien, seguramente, terminará sus días arropado en manta a cuadros, y convencido del bien que su patética vida hizo a la humanidad.
Lo dijo Julius Fucik: ¡Hombres, estad alertas!
