Mientras esperaba la colada, colgó el machete al cinto y se caló el sombrero desvencijado hasta las grandes orejas que delataban su origen gallego.
El café estuvo listo: se sirvió en la mitad de un coco, bebió de un tirón y salió con el yugo a cuestas rumbo al potrerillo cercano. Los gallos comenzaban a anunciar el alba del día 3 de septiembre de 1922.
Sinsonte y Jilguero esperaban al viejo con la pasividad contenida de sus huesos y músculos. El guajiro enyugó con destreza y partió para la mata de mamoncillos donde la tarde anterior había dejado el arado.
Enganchó la cadena y viró en redondo, enfilando para el hoyo del río donde debía continuar la faena.
Pronto, la hoja afilada de la reja calaba hondo en la tierra, al paso acompasado de los bueyes y el arrear seguido de Simón.
Grandes tajos de tierra recién cortada volteaban tras los cascos de la yunta mientras, gusanos mantecosos, lombrices de tierra y otros bichos subterráneos eran despertados de su letargo y expuestos al naciente sol y a las voraces garzas que seguían al conjunto hombre- bestias.
En el tercer pase, el arado la osamenta. El viejo notó algo enganchado a la punta de la reja, tirando de ella sin mucha presión, pero con insistencia desgarradora. El costillar quedó al aire, envuelto en madejas de raíces, huevos de hormigas y tierra pegajosa. De inmediato paró los bueyes y apartó el arado.
Se agachó presuroso y con sus dedos nudosos comenzó a escarbar los huesos recién descubiertos. Poco a poco, descubrió los brazos, y más allá, separada, la calavera. Era un esqueleto humano, no había dudas; se sentó en la tierra, agarrándose las rodillas, sin saber qué hacer. Una sensación de pequeñez lo invadió al pensar en la dimensión de aquella muerte. ¿Quién podría ser?
Absorto en sus pensamientos no notó el cambio de la mañana: el cielo, antes bañado por los rayos del sol, comenzó a oscurecerse, y un bao neblinoso reptó desde el riachuelo cercano hasta envolverlo completamente; un creciente sonido de acero y cascos de caballos comenzó a martillarle los tímpanos; tras sí, pasó la visión fugaz de un negro a caballo con el torso desnudo y oscilante machete en mano. Simón, se volvió azorado, pero la neblina lechosa le cortaba la visión y su corazón desbocado le impedía razonar.
Lo sorprendió una descarga de fusilería que rasgó el aire con doloroso estallido de vela al viento. De la vereda del río emergió un hombre en uniforme militar; tras él, un grupo de soldados con fusiles en ristre y rostros transidos de la más terrible tensión humana.
-¡Ni un paso atrás! - rugió el oficial, y agregó: ¡Vamos a tirotearles desde aquí mismo! FORMEN CUADRO, NO VAMOS A CEDER AHORA!
Los soldados, impulsados por el eficaz resorte de la disciplina, formaron el cuadro; unos de pie, otros, rodilla en tierra. A una orden, apuntaron hacia el cercano horizonte y comenzaron a disparar.
Allá, delante, apareció la caballería: negros y blancos, vestidos de forma irregular, con un griterío indescriptible, mezclado con el eco siniestro de la muerte.
Corceles lanzados al galope, jinetes, con los brazos en alto blandiendo los machetes; soldados, esperando la acometida. El viejo Simón, en medio de la tormenta...
Ambos grupos trabaron batalla; en instantes el olor de la sangre y la pólvora, mezclado con el sudor de las bestias dominó el aire.
Así se rompió el quebradizo hilo que aun sostenía al viejo unido a la realidad: un miembro sangrante fue a parar entre las patas de los bueyes. Un soldado calló de rodillas ante el viejo: su mandíbula inferior había sido arrancada por un certero machetazo; de su garganta pendían pedazos sanguinolentos de piel, carne y huesos... Simón, mudo de espanto, apartó la mirada, buscando en su parálisis obligada el gesto salvador.
-¡No, No, no, no, no, no! Intentó correr, pero los cadáveres, los jinetes de mirada fiera y los soldados de rostros concentrados le cerraban el paso.
No lo alcanzaban las balas.
No lo rozaban los sables.
No lo golpeaban los hombres...
No podía escapar...
Se echó al suelo y hundió el rostro en la tierra para no mirar la inexplicable barbarie. A su lado caían los plomos, los hombres y las bestias, para no levantarse jamás.
Se hizo el silencio, un silencio anormal, morboso, contrastante con el silbido de muerte que imperaba segundos atrás.
El viejo levantó la cabeza y con ojos desorbitados miró alrededor. En las más siniestras poses, yacían más de cincuenta cadáveres de los soldados y los combatientes que atacaron al galope; todos en amasijo informe de cuerpos entrelazados. En medio de tan dantesca escena, dos hombres aun en pie, cubiertos de sangre, sable en mano uno, machete el otro, se miraban con el rencor irreconciliable de los enemigos. Blanco uno, negro el otro, uno de uniforme, el otro, con el torso desnudo...
Las armas sanguinolentas resbalaron de sus manos y sus cuerpos se desplomaron lentamente sobre la tierra que, ávida, comenzó a beber su cuota de sangre.
El viejo se puso en pie con lentitud, no era cobarde, pero no había explicación posible para tanta muerte. Avanzó lentamente hacia los dos últimos caídos hasta llegar apenas unos pasos de ambos; luego de mirarlos con los sentidos embotados e incapaz de expresar miedo, asombro o dolor, aventurase a tocar al más cercano con su pie descalzo, una sensación acalambrante lo invadió: su pie traspasaba el cadáver sin resistencia alguna, como si estuviera hecho del vaho que desprendía el monte...
Una voz que le erizó el cuello lo hizo voltearse a la espesura. La figura gigantesca de un negro, le hablaba desde la altura de las palmas...
-¡Tú no tenga mieo, yo ta eperando que alguien nos encontrá. Él y yo no matamo en ete lugá, los gueso d´el no etán porque no etaba morío como yo y se arratró hata un zanjón al lao de la barranca. Él vino de lejo pa matá negro y encontró muerte con negro. Ecarba, ecarba allí, que lo va a encontrá; no se ha ío porque una mata que creció de su jugo le atravesó el pecho con raí y etá aguantao. Entiérrano junto pa seguí peleando¡
El viejo Simón Fuentes, hombre duro del campo, cayó sin sentidos a la blanda tierra.
Era bien entrada la noche cuando el frío y los ruidos del monte lo despertaron. El campo estaba silencioso a la luz de la luna. La yunta de bueyes se había alejado considerablemente del hoyo a medio arar y se les distinguía como bulto impreciso por su piel blanca. A sus pies, la osamenta dispersa era el único detalle material que conectaba su cerebro con la pesadilla vivida.
Al filo de la madrugada, a la luz de los leños de varias fogatas, terminó de desenterrar ambas osamentas. Echó los huesos en sacos y se dirigió a un túmulo en el centro de la vega, donde, por estéril la tierra, nunca se sembraba.
Allí cavó una larga sepultura, introdujo ambos fardos en la cárcava y los cubrió con tierra y piedras; luego quedó en silencio, mirando el alba que asomaba.
- Que descansen, si es que pueden- dijo y se alejó lentamente hacia el bohío.
Mantua. Tumbas de Estorino. 1896.