¿Cómo pude caer en esto?
Soy del campo y llegué lejos. Salí de las lomas con catorce años y ha sido un largo camino. Me hice maestro, que para los míos era ser grande. El viejo, orgulloso, le contaba a los vecinos de lo que su hijo aprendía en la ciudad; mi pobre viejo, hablando de la redondez de la tierra, la distancia hasta la luna y otras cosas que me escuchaba, lelo. Murió feliz por creerme importante, el más estudiado de la vecindad. Tantas cosas buenas y al final, heme aquí, a la espera de lo inevitable. Aunque intente negarlo, soy un delincuente pendiente de juicio, acusado de desvío y apropiación de recursos.
¿Cómo explicarle a la familia que tendré que pagar bien caro mis burradas?
No sé por qué recuerdo un cortometraje sobre ética que nos ponían en la universidad:
“Marcos, ¡Tú estás desviando los recursos del estado”!
¿Quién iba a pensar que me pasaría lo mismo tantos años después?
Los malos tiempos sacan lo peor de cada quien… y también la flojera que al final nos embarca. ¿Qué hice de mis normas de toda la vida? Critiqué tanto a Eladio, por lo del combustible y terminé peor qué él, por cuatro kilos de mierda y una aventura.
Si… siempre hay una mujer… ¡Beatriz!, Ay, Bea… Todo comenzó con un pequeño favor, un gesto desinteresado, y aquella noche de guardia en la que me atacó como una tigresa, para vaciarme el cuerpo como nunca pensé que mujer alguna podría, después de tantos años…
Un día la descubrí imposible de arrancar de mis pensamientos y así comencé a caer en este embudo que ahora me aprisiona hasta faltarme el aire.
Sabía lo que decían a mis espaldas. Algunos con deseos sinceros de ayudar, lo sé; otros, con rabia, porque los enemigos no hay que buscarlos; aparecen solos. Al final, todos estaban en lo cierto: me convertí en un hombre ciego, prisionero de una pasión mundana.
Claro, otros lo han hecho peor: el pobre Freddy, que desfalcó la empresa de Comercio, y Alejandro, jalando tres años por culpa de sus jefes… en verdad, no hay mucha diferencia entre los jefes de Alejo y yo… bueno, si, solo una: ellos no se embarraban las manos y yo, si.
¿Dios mío, cómo voy a mirar a la cara a los que robé? No puedo negar nada: me hice cómplice de quien les despojaba de lo suyo… y ellos confiaban en mí, me admiraban… coño, y no podré mirarles de frente nunca más en mi vida…
“Mandy, dime la verdad: ¿Estás en problemas?”
Y yo, mentiroso, dije que no, que eran chismes de la gente, que todo estaba bien, que la auditoría era una rutina. ¿A quién pretendía engañar?
Cuando todo se supo, fue del carajo: “Armando, profesor universitario, tremendo cuadro de dirección, detallista, inteligente… no, no es posible, no lo puedo creer”… pero era verdad, todo lo bueno que había en mí lo tiré a la basura. ¡Pasión estúpida! Alguien me alertó que era ladrona y pude comprobarlo muchas veces: un celular en la casa de su familia, unas ropas, un maletín “equivocado” en el ómnibus… en fin, bagatelas, cosas de poco valor, pero indicios que ignoré, o mejor dicho, que quise ignorar… ¡Viejo de mierda enamorado! Fui tan imbécil que le dí la llave de los recursos. Si… cuando se desnudaba y me iba arriba, se me cruzaban las razones: piernas torneadas, nalgas enormes, senos como copas; el pubis, breve y sugerente, y la piel, ah, la piel, blanca y fina… ¡Fui débil! Tan ciego, que incluso, ahora, me resulta difícil culparla.
¡Cleptómana!, así le gritó Doris, la económica de la Empresa, después en una discusión. Y yo sabía bien por donde andaba la cosa pero, en vez de investigar, sancioné a Doris. Nadie se atrevió a criticarme; apoyan mi decisión- me dije- ahora sé que no lo hicieron porque lo consideraban inútil, o, talvez, porque mi peligrosa ceguera podría alcanzarlos en cualquier momento…
Me atreví a tantas cosas: firmé facturas de recursos que nunca vi, presté equipos para gestiones particulares, y también, ¡canalla! le negué ayuda a los que estuvieron conmigo desde el principio…
¡Locuras! Aquella tarde lluviosa, en su propia casa… un café y de pronto, cerró las ventanas para arrastrarme hasta el cuarto… no, no, ¿y si llega tu esposo? Y ella: no me importa, ven, ven… y yo, perdiendo la cabeza al verla desnuda, boca abajo sobre la cama con aquel trasero que no puedo olvidar, ¡coño!
Dale, tómame, que soy tuya… ¿Tienes miedo?
Debí tenerlo… como debí hacer tantas cosas para evitar ese extremo. Un día ya no me sorprendió ver insumos de la Empresa en el negocio de un particular. Supe que su mano estaba detrás de todo aquello. Si, le reclamé, pero se desnudó, allí mismo, en el almacén, entre sacos y cajas, sudorosa, cálida, lasciva…
Hoy me lo reprocho: era mucho dinero, muchos recursos… y ahora sé lo que me espera… la cárcel va a ser dura: estoy viejo para ese trajín, aunque lo más difícil no es ir preso, sino la vergüenza… mientras tanto, aquí, sin atreverme siquiera a salir al portal...
La voz de su esposa lo saca de las cavilaciones.
Viejo, ¿Otra vez pensando? Tómate este buchito de café. Tranquilo que todo va a salir bien… y al niño no le hagas caso, él te quiere y está muy preocupado. Verás que las cosas se van a arreglar.
Bebe a pequeños sorbos sin levantar la mirada. En sus oídos aun el reproche:
¿Cómo caíste en eso, papá?