Promesa de conflictos que no son tales, e historias de vida, que no pertenecen a nadie, son las realidades de esta propuesta televisiva, suma de enredos dilatados, "como carrera de obstáculos, pero sin vallas ni meta", tal como terciara la citada publicación digital.
Un guión, que no propicia estallidos histriónicos, incapaz de promover la empatía de la teleaudiencia, convierte cada capítulo en tortura del medioevo que, no obstante, aceptamos, por falta de otras propuestas.
A la actuación cavilante de Marlon López (Juan Carlos) se suman, su novia Sandra, con igual desempeño- lo mismo si llueve, que si sale el sol- Vanesa, aficionada a degustar todos los vinos, la profe, que deja a todos entre signos de interrogación y Eduardito- casanova tropical- todos actores de escenas irreales y diálogos innecesarios, para nada identificados con los jóvenes cubanos, dueños de verdaderos conflictos, alegrías, tristezas y bondades. Solo unos pocos exhiben magnitudes verosímiles, mientras, Néstor Jiménez padre, y otros consagrados, asumen papeles rasos, a los que no nos tienen acostumbrados.
Trivialidad, condiciones materiales para nada existentes en la vida real de la familia cubana, del campo o la ciudad, universitarios cuya razón de ser en la trama, no sale del embrión, entre otras cuestiones infelices, conforman el saldo negativo que no genera la fuerza prometida para que los personajes acaben de caer "heridos de tantos reveses"-y esta vez, parafraseo a Cubarte- tal como anuncia la canción tema. ¿Será que todo pasa en el capítulo final? Eso, está por ver.