Hasta los 14 años de edad, una severa insuficiencia renal lo obligó a llevar una sonda acoplada al cuerpo. Entonces, luego de dos operaciones, los médicos lograron que pudiera prescindir de ella durante algunas horas. No obstante, tres veces al día, Roberto debe acudir a las sondas para librarse del líquido que se acumula en su vejiga, sin que su organismo consiga eliminarlo.
Tales limitaciones hicieron que solo pudiera estudiar a duras penas hasta el noveno grado. Aún así, Roberto nunca ha renunciado a sentirse útil, y para ello, ha optado por una actividad que siempre llamó su atención.
"Desde niño, me gustaba sembrar. Primero lo hacía en las macetas de mi mamá, en el balcón de mi casa, y más tarde en sacos de tierra.
"En aquella época, los alrededores del edificio donde vivimos se habían convertido en un micro-vertedero, a causa de los escombros que quedaron de la construcción, y de que muchos vecinos empezaron a arrojar ahí la basura. Nadie quería meterle el pecho a aquello. Entonces, surgió la idea de limpiar el área y plantar las primeras semillas", rememora Roberto.
"Primero sembramos frutales, luego, agregamos ocho canteros de hortalizas y seguimos incorporando cultivos: aguacate, mango, guayaba, melocotón, piña, fresa, café, y entre ellos intercalamos frijoles, boniato, maíz, habichuela...
"Poco a poco fuimos mejorando el terreno, trayendo tierra y echándola en el bajío, con guataca y con bueyes, y eliminando la maleza, hasta llegar a esta parcela que tenemos hoy".
Al cabo de dos décadas de haberse enrolado en la aventura, Roberto, junto a sus padres, han conseguido hacer de este pedazo de tierra de 0,24 hectáreas, ubicada alrededor de los edificios 12, 9, 10 y 17 del poblado de Los Palacios, un próspero espacio reconocido con la doble excelencia de la agricultura urbana. De él, no solo obtienen la mayoría de los alimentos que demanda el consumo familiar, desde viandas y vegetales hasta condimentos frescos; también abastecen una vez por semana a la escuela Pedro Hernández Camejo, con una matrícula de alrededor de 400 alumnos, y mantienen un punto de venta en el que nunca faltan productos, porque "en esta parcela siempre hay varios cultivos en cosecha".
Nunca ha ojeado un libro de agronomía. "Todo lo que sé, lo he aprendido en el surco, experimentando, con la asesoría de los compañeros de la agricultura urbana", dice. Pero cuando habla del uso de la materia orgánica para enriquecer los suelos, o sobre cómo lograr posturas de hortalizas en verano, para poder cosecharlas el año entero, lo hace con el dominio de un especialista.
A sus 37 años, le sigue fascinando la manera en que el hombre es capaz de lograr que de la tierra brote la vida. Por ello, a pesar de su delicado estado de salud, en una lección impresionante de voluntad, todos los días le dedica a sus sembrados la mayor parte del tiempo.
"El médico insiste en que debo cuidarme, y cuando me sienta mal, que haga el trabajo más ligero. "Por mi padecimiento, estoy obligado a pasarme una sonda tres veces al día, porque tengo un solo riñón y mi vejiga no funciona. Es un tratamiento un poco doloroso, pero cuando bajo las escaleras y entro a la parcela, me empiezo mejorar, como si el malestar se quedara de la parte de afuera".