Recuerdo la ya lejana fecha de la creación de las Corresponsalías de Televisión; por esos tiempos me desempeñaba como director de la biblioteca pública de mi localidad y, como todos en la villa, acogí el hecho con una mezcla de curiosidad y escepticismo. Resulta que, de la noche a la mañana teníamos un "canal" local en esta remota tierra de Liborio.
El transcurso de los días dio la razón a los suspicaces: las cosas comenzaron a marchar "tan tiesas" que resultaban ridículas y la fabulosa técnica en manos inexpertas, se "resistía" al logro del producto audiovisual. Aun muchos nos avergonzamos de aquellos primeros momentos, y justo es reconocer que, la prisa fue, otra vez, la responsable de las pifias y los desaciertos.
De aquella época recuerdo la mezcla de irracionalidad e inmadurez que caracterizaba a una parte del equipo de trabajo, responsable directo de una verdadera y continuada avalancha crítica por, "aquello" que salía al aire cada domingo a las seis y treinta de la tarde, de espantosa locución, e incontables veces, sin cumplir con el reducido tiempo de transmisión, de tan poco o nada que tenían por decir.
El descontrol hacía de lo suyo: se hicieron comunes las roturas de equipos valiosos, muchas veces irremplazables producto de las condiciones económicas del país. Recuerdo- por la cercanía de la corresponsalía a mi lugar de trabajo- que en disímiles ocasiones, cuando ocurrían apagones, los "chicos" de la TV "especulaban" con la potencia de sus tarecos y hacían trabajar una computadora, dos bocinas de alta fidelidad y un AtecPanda... a régimen de baterías. No era un hecho extraordinario que, esos mismos equipos, "amenizaban" fiestas y otras actividades con la irresponsable alegría y la increíble vanidad de quienes se creían al margen de toda regulación y dueños de un tesoro que no les pertenecía. Y por la noche, ¡Sala de video con los custodios!
Fue tal el aquelarre que no tardaron en aparecer las rencillas, los intereses personales y el desmembramiento del team. Tiempo después supe que el mal no era privativo de la TV de mi pueblo; muchas corresponsalías creadas en el país fueron víctimas de igual enfermedad y otras se encontraban en coma, hasta fallecer tiempo después.
A partir de aquí, pudiera parecer petulante y autosuficiente, sin embargo, estoy dispuesto a correr el riesgo porque la historia que sigue, bien vale la pena.
En abril del 2009 me ofrecieron trabajar como reportero redactor de prensa de la TV local en Mantua. La idea me tomó por sorpresa pues nunca me pasó por la mente ser periodista de Televisión. Mi experiencia como comunicador se resumía en mi labor profesoral enseñando idiomas, mi adicción por los libros y la redacción sistemática del diario digital, Ecos de Mantua, desde el año 2006. De modo que me encomendé a quién sabe quién y me lancé a la carga. Dos semanas después de pasada la euforia inicial, lamenté la decisión tomada: la PC, rota, de modo que me veía obligado a escribir en la máquina de edición, engendro instalado para hablantes de lengua inglesa en la cual la acentuación y la eñe ocurrían solo por codificación MS Dos, y por demás, restando tiempo al "gurú" que la manejaba, quien me miraba desconfiado, pensando quizás que había llegado para poner las cosas "malas".
La cámara, ¡Ah, la cámara! Artefacto maravilloso de la Sony, a la que habría que erigirle un monumento: el lente separado de la máquina producto a una caída "accidental", la pantalla LCD colgando de los cables, producto a otro impacto violento contra la madre tierra, y otras menudencias producidas por una pléyade de "operadores voluntarios" que hubiesen causados desmayos colectivos a la flor y nata del ICRT (Instituto Cubano de Radio y Televisión) si se hubiesen enterado de tales "experimentos" audiovisuales. Mi papá, hoy fallecido, me preguntó perplejo sí en verdad pensaba arreglar tantos cachivaches.
Han pasado casi cuatro años desde aquellos días funestos; la técnica es más vieja, más achacosa, y muchos de los que quedaron para "intentar" adaptarse al nuevo jefe, y seguir haciendo lo mismo que puso en crisis el concepto de TV local, cogieron las de Villadiego.
Cuento esta historia porque, desde mis primeros momentos en la tele local, supe de la espada de Damocles que pendía sobre nuestras cabezas; es justo reconocer y aceptar las dudas acerca de la factibilidad de una idea, nacida de necesidades imperiosas de estos tiempos pero, enferma de prisas y subjetividades capaces de desvirtuar los sueños más puros. Hubo momentos en los que sobrevivimos por voluntad de un solo hombre, ante la fácil pero, comprensible resolución de una mayoría, no dispuesta a invertir en semejante "carnicería".
Los que decidimos quedarnos, lo hicimos por amor a un medio que no ofrece más garantía que la de estar al lado de las causas que inspiran. Causa miedo, pero insistimos.
Después de tantos tropiezos es grato saber que el honor pisoteado de aquellos primeros tiempos de muchos recursos e infelices selecciones, se ha recuperado hasta el punto de tener en cada hogar, un grupo de seguidores, que aprueban o desaprueban el contenido y el mensaje de los trabajos, elogian o critican la calidad visual de las propuestas -que hasta de fotografía y sonido han aprendido- y anuncian con total convencimiento, "eso lo dijeron en la televisión de aquí"; capaces de colapsar el teléfono, cuando por alguna circunstancia imprevista la señal se retraza unos minutos o preguntarse alarmados, por qué no van a transmitir un domingo cualquiera. (Estábamos de vacaciones)
En todos estos años hemos aprendido -quizás como pocos- a desentrañar las fórmulas secretas de un medio otrora vedado a territorios como el mío, sin posibilidades de aparecer en la televisión provincial, o alguna vez, en la nacional antes de que este "prodigio" apareciera en nuestros predios; hemos aprendido los "truquillos" de la cámara, nos hemos convertido en editores y sabemos también reparar equipos, gestionar piezas y hacer "maravillas" para acudir cada vez al encuentro con un público que nos espera.
Sinsabores, hay muchos; aun cargamos con el estigma de la subestimación, de los que nos consideran "improvisados", carentes de formación académica, con títulos y perfiles universitarios, si, pero no afines al periodismo ni a la realización audiovisual. Al respecto, podría responder con tantos ejemplos de la historia pasada y presente del país en la que, hombres que no estudiaron periodismo, se crecieron en las letras y supieron comunicar ideas tan sólidas que arrastraron miles y sepultaron sistemas oprobiosos.
En meses recientes en una entrevista que realicé al realizador, Randolf Menéndez, cuando filmaba un capítulo de Hábitat en los tremedales mantuanos de, Los Pretiles, señaló a uno de sus camarógrafos, joven de unos veinte años, y me dijo: "mira, lo conocí por el oriente de la isla; no tiene formación académica ni fue a la escuela de cine pero, como camarógrafo y editor no tiene iguales y no me deshago de él ni soñando". ¡Que confianza la del experimentado realizador en la genialidad y el instinto del chico!, ¡que manera de ver pepitas en la hojarasca!
Pronto las corresponsalías locales cumplirán seis años de fundadas. Los que laboramos en las de Pinar del Río tenemos centenares de motivos para sentirnos satisfechos. Disponibilidad técnica producto de la voluntad del Telecentro y del ICRT (Instituto Cubano de Radio y Televisión) que, finalmente, ha tenido motivos para confiar en nosotros; muchas innovaciones y hasta dinerito del bolsillo, que el sentido de pertenencia no es para llevarlo en los labios; premios, reconocimientos y la lucidez alcanzada por los que, después de tanta decantación "dieron la talla", son los ingredientes de esta sopa moral, difícilmente en vías de extinción, que hace mucho más de lo que muchos piensan por mantener la ideología en las raíces de este árbol que, de otro modo, quedaría a la merced de vientos tormentosos, nada sofrenados.
En días pasados la Jefe Técnica del Telecentro Provincial indagaba por el coeficiente de disponibilidad operativa de los equipos en nuestra corresponsalía. Asombrada y feliz nos transmitió felicitaciones al comprobar el ciento por ciento de funcionamiento técnico.
¡Cuántos caminos difíciles, tuvimos que recorrer para llegar a ese punto!
¡Cuánta madurez fue necesaria para sentir cada aparato, cada pieza, cada tornillo como propios! Pero, al fin, lo logramos. Nos hemos ganado el derecho a existir.