A comienzos de 1898, los círculos más agresivos de la política estadounidense estimaron que había llegado el momento adecuado para intervenir militarmente en Cuba. En esta apreciación tenía un peso fundamental la situación político-militar de la Isla, donde la marcha de la guerra por la independencia, que se libraba desde hacía ya tres años, hacía avizorar la victoria de las fuerzas cubanas.